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En las últimas semanas, el coronavirus COVID-19 ha generado una situación generalizada que va de la prevención al pánico y el miedo. En relativamente poco tiempo (un par de meses), el virus pasó de ser una preocupación en países asiáticos a levantar la alarma en países de la Unión Europea, particularmente en Italia Francia y España, los tres países del Viejo Continente con mayor número de contagios confirmados.

La recepción al respecto de esta pandemia (declarada ya así por la Organización Mundial de la Salud hace pocos días) ha sido también variopinta, pues las medidas tomadas por las autoridades sanitarias en casi todos los países del mundo parecen más bien orientadas a prevenir el incremento exponencial en el número de personas infectadas, por un lado, por supuesto, para evitar decesos, pero también pensando en la posible saturación de los servicios de salud de determinado país. Si ya la enfermedad es un motivo de preocupación (y de acción), este momento de crisis puede agravarse e incluso volverse inmanejable con los hospitales desbordados.

Por otro lado, sin embargo, hay también personas que se mantienen escépticas al respecto de la letalidad del coronavirus COVID-19, misma que ha sido notablemente amplificada por la mayoría de los medios y los gobiernos que se han encargado de transmitir informaciones al respecto. 

En efecto: si atendemos las noticias sobre el virus que duramente circulan en la televisión, las redes sociales, sitios web y otras fuentes, nos encontramos frente a un panorama más bien drástico y pesimista, en el cual la humanidad encara una de las peores amenazas a su supervivencia. ¿Pero esta es la realidad? De acuerdo con datos recabados por el Centro de Ciencia e Ingeniería de Sistemas de la Johns Hopkins University, al momento (12/03) el COVID-19 ha cobrado la vida de 4,718 personas de un total de 127,863 casos confirmados en todo el mundo, esto es, apenas el 3.69%. 

Para tener un dato de comparación cabe decir que, por ejemplo, hacia finales de 2018 había en el mundo 74.9 millones de personas infectadas con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH, causante del SIDA), de las cuales murieron 32 millones, esto es, el 42.7% (todo esto según datos de ONUSIDA, la oficina de la Organización de Naciones Unidas dedicada a la lucha contra el SIDA)

Hasta el momento, de entre las personas infectadas con COVID-19, es muy probable que 3 de cada 100 mueran, mientras que de las personas infectadas con VIH, 40 de cada 100 ven drásticamente reducida su esperanza de vida. 

El comparativo sirve también para poner en perspectiva otras preguntas: ¿por qué frente a ciertas enfermedades se actúa con rapidez, efectividad y estrategia, pero a otras (tanto o más letales) se les relega a un nivel secundario de prioridad? ¿Hay vidas que importan más que otras? ¿Hay sectores de la población que pueden dejarse morir y otros que merecen conservarse? ¿La preocupación de los gobiernos y otros grupos de poder es realmente la salud o hay otros intereses en juego?

No se trata de soslayar la realidad del problema –el hecho de que, efectivamente, el COVID-19 es un virus nuevo para el cual el cuerpo humano no está inmunizado–, sino más bien de reflexionar en torno a la reacción que se está teniendo al respecto, reacción que casi siempre es por definición impulsiva e instintiva, y pocas veces racional.  

¿No será esta una buena oportunidad para actuar racionalmente y enfrentar una crisis, tanto como sea posible, desde la consciencia?

 

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Imagen de portada: Médicos desinfectan a una paciente dada de alta de COVID-19 al salir del hospital provisional de Wuchang Fang Cang, que fue la última instalación temporal que se cerró, el 10 de marzo de 2020 en Wuhan, China (Getty/The Atlantic)