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Los espacios que habitamos suelen ser reflejo fiel de lo que somos, a veces incluso más de lo que creemos. Si en la infancia los padres suelen imponer una decoración a las habitaciones de sus hijos, no es casual que en la adolescencia, cuando la llamada “identidad personal” irrumpe con fuerza irresistible, mucho de ello cambie y los jóvenes conviertan ese rincón del mundo en una manifestación elocuente de sus intereses, sus preguntas y sus inquietudes. Y más adelante en la vida, el proceso no es muy distinto.

Cuando Walter Benjamin escribió sobre las condiciones sociales y materiales que hicieron posible el cuento policíaco de Edgar Allan Poe, se dio cuenta de que la actividad o el talento del detective son posibles únicamente en un mundo donde los espacios se han vuelto tan íntimos o tan personalizados, que es posible trazar una línea entre un objeto “cualquiera” y la persona que lo ha adquirido y lo ha llevado hasta su hogar, su oficina o algún otro lugar que habita. 

Es en ese sentido que nuestros espacios personales “hablan” de nuestra subjetividad, del momento de nuestra vida en que nos encontramos, de las ideas que “habitan” nuestra mente y de la disposición que tenemos frente a la vida y la realidad. Si reflexionamos por un momento, es muy probable que encontremos ejemplos de nuestra casa y nuestra vida que apoyen esta idea.

Las imágenes que acompañan esta nota son un ejemplo de dicha tesis en un dominio muy particular: el de la salud mental. Por más que a veces nos cueste aceptarlo, lo cierto que es que nuestra mente se refleja más de lo que suponemos en la realidad, si bien no de las maneras relativamente transparentes o inmediatas a las que estamos habituados. Nuestros pensamientos hablan a través de nuestros hábitos, nuestros descuidos, las decisiones que tomamos y aquellas que eludimos, etcétera.

De ahí que un lugar tan íntimo como la habitación pueda reflejar la tristeza de una persona, su retiro del mundo, su poca disposición para participar de la vida y, en general, todo ese cuadro que los psicólogos han catalogado bajo el concepto de depresión, por más que éste pueda tener sus aristas polémicas.

Como vemos en las imágenes, la depresión tiene un denominador común: el abandono. Pareciera ser que las personas deprimidas simplemente no tienen energía suficiente para el cuidado mínimo que la vida requiere, desde ámbitos que se creerían elementales como la higiene personal o la limpieza, hasta otros quizá un tanto más complejos como el amor propio o el respeto al cuerpo.

Las imágenes provienen de las redes sociales Reddit e Imgur, y fueron reunidas hace poco por el sitio LifeBuzz.

¿Y qué hay en el punto opuesto? ¿Qué se descubre en la otra orilla una vez que se ha cruzado el mar de la depresión? A juzgar por las imágenes, el amor por la vida. Cuando la depresión se supera, se descubre que la vida vale la pena de ser vivida, que vale la pena entenderla, remontar sus dificultades y aprender a amarla.​

 

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