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Freud veía la masturbación como un hábito infantil y adolescente que, de no ser interrumpido, se convertía en la causa de neurastenia y otras condiciones patológicas. Se ha dicho que, pese a que Freud en cierta manera fue un pionero de la sexualidad -y de lo que hoy llamamos liberación sexual- era también un hijo de su tiempo y no podía más que heredar parte de la moral victoriana. Y, sin embargo, su argumento sobre por qué la masturbación puede convertirse en una patología y sobre todo cómo puede coartar la expresión de la sexualidad en su expresión más plena, no puede desecharse tan fácilmente

En su ensayo La Moral Sexual y la Nerviosidad Moderna, Freud escribe que la masturbación: 

pervierte el carácter [de una personas] en más de un sentido...pues le acostumbra a alcanzar fines importantes sin esfuerzo alguno, por caminos fáciles y no mediante un intenso desarrollo de energía, y en segundo, eleva el objeto sexual, en sus fantasías concomitantes a la satisfacción, a perfecciones difíciles de hallar luego en la realidad.

Les ocurre luego a las personas como llegó a decir ingeniosamente Karl Kraus "que el coito no es sino un subrogado insuficiente del onanismo." Es decir, la conciencia masturbatoria se establece hasta el punto de que el coito es visto como un pobre substituto de la masturbación. Freud parece estar describiendo la moderna adicción al porno, la cual como vemos tiene claramente antecedentes y no es un fenómeno meramente producto de la tecnología. Existe un problema de salud bastante sensible en algunas países con jóvenes que no logran saltar de su sexualidad masturbatoria pornográfica a una vida sexual con parejas físicas. Muchos de ellos no logran excitarse más que con las imágenes de actrices y celebridades, "perfecciones difíciles de hallar luego en la realidad". El problema es grave, puesto que el sexo es un componente básico del amor y sabemos que uno puede vivir relativamente bien sin tener sexo -masturbándose o no- pero no sin amor. Por otra parte, el coito genera cosas que la masturbación no logra y esto es la conexión íntima con otra persona, la cual no es solamente un hecho psicológico sino que produce muy distintos neurotransmisores, los cuales difícilmente pueden ser generados con la masturbación más fantástica.

Freud es perspicaz cuando dice que la masturbación -y suponemos que habla obviamente de casos en los que ésta se genera con mucha frecuencia- puede afectar el carácter y generar un hábito que se opone al ejercicio de la fuerza de la voluntad. Esto ocurre sobre todo porque es muy común que las personas que se masturban no lo hacen como su acto predilecto. Es decir, preferirían tener sexo con otra persona, pero por miedo, inseguridad, pereza y demás no intentan formar una relación y sucumben ante el fácil instinto de masturbarse. La masturbación suele ser la opción más fácil y por ello la que menos forma el carácter. Si además el individuo tiene culpa o piensa que no debe masturbarse y aún así lo hace, esto destruye la moralidad y la voluntad. 

"La conducta sexual de una persona constituye 'el prototipo' de todas sus conductas y demás reacciones", dice Freud. En el caso de los hombres Freud ve en aquellos que logran conquistar su objeto sexual, una capacidad análoga para otros fines, una especie de voluntad de poder. A sabiendas que esta afirmación hoy puede generar el escándalo de lo políticamente incorrecto, hay que mencionar que Freud se refiere al hecho común de que una persona que no cumple sus máximos deseos difícilmente cumplirá otras compulsiones. O, también, al hecho de que nuestra actitud no sólo frente al sexo, sino frente al trabajo y demás, revela nuestra actitud general ante la vida -en una cosas yacen todas implícitas-, al menos para el observador atento. En el caso de las mujeres, Freud observa que el constreñimiento sexual, tan propio de esa época, es un obstáculo para el desarrollo intelectual, de alguna manera coartando el espíritu inquisitivo y de exploración. 

Por último hay que mencionar, apelando a la razón, que lo anterior no significa que la masturbación deba verse de una manera pecaminosa, culposa y demás, o que no pueda ejercerse con cierta salud, principalmente como un método primario de autoexploración. En este sentido cabe mencionar el trabajo pionero de Havelock Ellis, quien en 1897 ya había notado que en casos moderados, en individuos bien adaptados, la masturbación puede ser hasta cierto punto sana. Dicho eso, es evidente que la mastubación frecuente tiende a habituar al individuo de formas que dificultan la expresión de la sexualidad más alta, ligada al erotismo, al amor y a la intimidad.